02_2Uno de los daños colaterales infligidos por la crisis lo ha sido a la transparencia sobre su origen y desarrollo, de tal modo que la comunicación –oficial, empresarial, financiera y mediática– no pudo o no supo ni anticiparla ni explicarla. En rigor, la comunicación como concepto vehicular del derecho a la información, ha registrado un llamativo fracaso. Porque la comunicación dispone siempre de un contenido anticipador y prospectivo. Sin embargo, en esta ocasión histórica, las sociedades occidentales se han dado de bruces con una virulenta crisis económica cuando ya se encontraba en plena eclosión. Es preciso reflexionar por qué razones la opacidad se ha impuesto a la transparencia y por qué motivos fallaron los mecanismos comunicacionales de la alerta social.

Cuando se produce una convergencia de intereses de ocultación tan apabullante, las potenciales fuentes de los medios de referencia económicos quedan cegadas

En el libro –interesante por muchos conceptos– de Juan Francisco Martín Seco (“La trastienda de la crisis”) se alude directamente a lo que “el poder económico quiere ocultar”. La afirmación remite al modo en que la gran banca de inversión americana incurrió en malas prácticas: la titulización de activos financieros, en particular las hipotecas-basura o subprimes, se expandieron por todo el sistema bancario occidental incrustándose en los balances de las entidades más solventes que no llegaron a desvelar el núcleo inservible del activo que adquirían. Otro autor de acreditada trayectoria como el que fuera economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Raghuram G. Rajan, en su libro “Las grietas del sistema”, niega que no se avisase de la recesión en ciernes y alude a la Conferencia de Jackson Hole en 2005 durante la que él mismo presentó una ponencia (“¿Ha contribuido el desarrollo financiero a hacer un mundo más expuesto al riesgo?”) en la que advertía del peligro que luego se confirmó. Nadie entonces le tomó en consideración porque, según sus palabras, “los que se beneficiaban de una economía sobrecalentada carecían de incentivos para prestar atención. Los críticos siempre eran tachados de agoreros o cenizos”.

No sólo los sectores empresariales directamente concernidos se negaron a dar la voz de alarma. También fallaron mecanismos dispuestos por el propio mercado para anticipar riesgos: las agencias de ratings que resultaron pródigas con sus excelentes calificaciones que, a la vista de los acontecimientos, en modo alguno estaba justificadas. Las agencias de ratings siguen funcionando pero el valor de sus calificaciones se ha relativizado hasta el extremo de perder, en muchos casos, hasta la mínima credibilidad. Se calcula que se han interpuesto decenas de demandas judiciales contra dichas agencias tanto por entidades públicas como privadas que les acusan de opacidad en sus protocolos y de conflictos de intereses en la medida en que se financian mediante pagos de las compañías y administraciones que son auditadas por ellas.

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Pero quizás el mayor de los obstáculos para que la comunicación mediática tomase la delantera a los acontecimientos proceda, además del propio sistema financiero, del político y del académico. Porque la raíz de la crisis se podría encontrar en una desregulación iniciada en los años ochenta –la época de Reagan y de Thatcher– para hacer efectivo el propugnado “capitalismo popular” en función de cual los gobiernos levantaron las cautelas al sistema financiero en la concesión de créditos para que, accediendo fácilmente a la financiación, las clases medias pasasen a ser “clases propietarias” provocando así la llamada “burbuja inmobiliaria”. El fenómeno fue particularmente agudo en Estados Unidos, pero también en otros países. Existe, por tanto, un origen político en la crisis que se conjuga con un decaimiento de controles y criterios deontológicos en el sistema financiero que ha tratado de ocultar su responsabilidad. Más aún: hubo un momento en que las esferas administrativas se nutrieron de ejecutivos de la banca que avalaron la desregulación y animaron –no siempre de forma consciente– a políticas empresariales especulativas y temerarias.

La gran decepción –y quizás el factor más determinante para la renqueante comunicación sobre la crisis económica– ha sido la corrupción de los grandes académicos de la economía que, obviando sus obligaciones éticas, dictaminaron, conferenciaron y escribieron durante los tiempos de bonanza a favor de la coyuntura. Naturalmente, no lo hicieron desde la convicción, sino, en muchos casos, desde el interés monetario. El implacable y oscarizado documental “Inside job” denuncia estas conductas. Personalidades como Glenn Hubbard, decano de Columbia Business School, Martin Feldstein, profesor de Economía en Havard, Laura Tyson, profesora de la Universidad de California (Berkeley), Ruth Simmons, presidenta de la Universidad de Brown o Frederik Mishkin, también profesor de Columbia, entre otros, se dejaron corromper incorporándose a comités asesores de empresas del sistema bancario americano o ejerciendo de expertos en dictámenes de gran incidencia en los analistas independientes, provocando una grave confusión que permitió a la crisis un trote desbocado que ellos avalaron con su prestigio académico.

La gran decepción ha sido la corrupción de los grandes académicos que, obviando sus obligaciones éticas, escribieron a favor de la coyuntura. No lo hicieron desde la convicción, sino, en muchos casos, desde el interés monetario

En estas condiciones, cuando se produce una convergencia de intereses de ocultación tan apabullante, las potenciales fuentes de los medios –especialmente de los que gozan en el terreno económico de mayor capacidad de referencia mundial– quedan cegadas. No trato de exonerar a la urdimbre comunicacional –periódicos, radios, TV, soportes online– de una cierta responsabilidad en la ausencia de avisos adelantados a las fases más virulentas de la crisis económica, pero sí de exculparles de desidia o de dolosa ocultación. Eran demasiados los obstáculos que los periodistas y sus empresas habían de saltar para transmitir una idea de lo que ocurría. El fallo mayor de los medios, especialmente de los periódicos de referencia, ha consistido en no establecer el relato más o menos canónico de la crisis, cediendo esta misión a lo que ya se conoce como “literatura de la recesión” –autores que han publicado libros en papel y online sobre todas las secuencias de la crisis– y al “cine de la crisis”, esto es, al recurso de contarla –mediante documentales o cintas de ficción– haciéndola didáctica y accesible a públicos amplios.

La “literatura de la recesión” y el “cine de la crisis” han arrebatado a los medios el relato canónico de la crisis económica haciéndola accesible a públicos más amplios que son muy escépticos respecto de Gobiernos, empresas y periódicos

La consecuencia de este sabotaje a la comunicación como un elemento endógeno de la caracterización de la crisis económica consiste en la pérdida de la reputación de las diversas instancias y actores de la misma. La sociedad se ha tornado escéptica hacia los discursos oficiales; no está preparada para devolver a las empresas un ápice de la credibilidad que tuvieron; tampoco se fía de los intereses que pueden albergar los análisis académicos en los medios y en las revistas especializadas y –como demuestra la crisis de los periódicos– no espera que los medios tengan perspicacia e independencia para desentrañar las claves de una recesión, sólo comparable con la de 1929. La increencia, la suspicacia y la desconfianza son las consecuencia del fracaso de la comunicación transparente en las respuestas al quién, al cuando, al por qué y al donde de la crisis que, a fin de cuentas, requieren contestaciones claras que no han sido proporcionadas por completo a la opinión pública occidental.