04_2El gran error que ha cometido el presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha sido negar la crisis económica durante once meses. Utilizar la comunicación para ocultar la realidad, en vez de hacer pedagogía para preparar a la opinión pública sobre la que se nos venía encima fue un error que ha tenido enormes consecuencias.

Desde el 9 de agosto de 2007, cuando estalló la crisis financiera por las llamadas hipotecas basura, hasta el 9 de julio de 2009 en que Zapatero apareció en televisión, el Gobierno se negó a pronunciar la palabra “crisis”. Aquel día el presidente durante una entrevista en Antena 3 afirmó: “En esta crisis, como ustedes quieren que diga, hay gente que no va a pasar ninguna dificultad”. Esa misma mañana los servicios de estudios del BBVA alertaron de “un brusco deterioro” de la marcha económica, mientras que el Commerzbank tituló su informe a analistas como “España en recesión”.

No se quiso decir la verdad para evitar el pinchazo de la “burbuja inmobiliaria” y no perder las elecciones generales de marzo de 2008, pero cuando se quiso cambiar ya era tarde

Durante todos esos meses los miembros del ejecutivo se habían conjurado para no pronunciar la palabra “crisis” y sustituirla por “desaceleración”. No fue una casualidad sino el producto de una estrategia perfectamente diseñada desde la Secretaría de Estado de Comunicación. Se tomó esa decisión por dos razones: Evitar que las malas noticias pinchasen la gigantesca burbuja inmobiliaria en la que se asentaba el modelo de crecimiento español, y en segundo lugar, la proximidad de las elecciones generales del 9 de marzo de 2008. La estrategia de los socialistas fue decir que España iba bien, lo cual era cierto. El paro por primera vez había bajado del 8% de la población activa y la renta per cápita era superior a la italiana.

¿Crisis?; ¿Qué crisis? Era una simple desaceleración económica, que en poco meses se superaría y todo volvería a ser igual que antes. Esta fue la posición que mantuvo el vicepresidente Pedro Solbes frente al “fichaje estrella” del PP Manuel Pizarro. Éste argumentó que la situación era mucho peor de lo que se reconocía oficialmente. Aquel debate fue seguido por casi cinco millones de personas y fue fundamental para que los socialistas ganasen las elecciones. La gente no quería oír malas noticias y rechazaba a los agoreros.

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La estrategia de comunicación gubernamental había dado los resultados apetecidos. Cuando se decidió mantener el mismo mensaje de “aquí no pasa nada”. Se quería evitar que la opinión pública pensase que se habían ganado las elecciones con mentiras. Cuando el 15 de septiembre de 2008 Lehman Brothers quebró, estalló la burbuja financiera internacional, y se visualizó la mayor crisis económica en los últimos cincuenta años, el prestigio y la credibilidad del Gobierno en general y del vicepresidente económico en particular saltó por los aires.

La negación fue sustituida casi inmediatamente por su impotencia para gestionar la crisis. Para evitar la frustración de la población se improvisaron una serie de medidas basadas en incrementar el gasto público. Los planes de estímulo se sucedieron uno tras otro hasta contar más de una decena con cientos de medidas para impulsar la demanda “tirando de chequera”. España tenía un problema de sobreendeudamiento y la solución que se adoptó fue endeudarse más. Fue como intentar curar un empacho con una bandeja de pasteles. Al haber errado en diagnóstico también estuvieron equivocadas las medidas que se adoptaron, lo que agravó aún más la recesión.

Las consecuencias fueron demoledoras. Al no haber utilizado la comunicación para preparar a la población para hacer frente a lo que se le venía encima, se siguió gastando con alegría en lugar de apretarse el cinturón, que era lo que la situación requería. El precio de la vivienda siguió subiendo, y los costes laborales se dispararon. Nadie estaba preparado para asumir las consecuencias de aquel cambio de ciclo. Entre 2009 y 2010 España perdió dos millones de empleos. El déficit público creció a tasas del 11,3% y el sistema financiero se situó al borde de la quiebra.

Utilizar la comunicación para ocultar las malas noticias, en lugar de emplearla para hacer pedagogía puede llevar a una empresa, a un gobierno, e incluso a un país al desastre más absoluto

Cuando el 12 de mayo de 2010 el presidente del Gobierno anunció desde la tribuna del Congreso de los Diputados el mayor recorte social registrado durante la democracia española, una opinión pública que no estaba preparada para recibir malas noticias lo rechazó. La credibilidad del ejecutivo quedó definitivamente destrozada y Zapatero fue considerado como un mentiroso y un estafador político. Cuando quiso cambiar forzado por las circunstancias, ya era demasiado tarde. Un año después, el 22 de mayo de 2011, el PSOE obtuvo los peores resultados en unas elecciones municipales y autonómicas de su historia. Los socialistas tuvieron que improvisar, de prisa y corriendo, un nuevo candidato en la persona del vicepresidente del gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, para evitar la debacle mientras que los sondeos de opinión aupaban al partido conservador a la mayoría absoluta.

El caso español, algún día será estudiado en las universidades como un ejemplo de lo que no se debe hacer. Utilizar la comunicación para ocultar las malas noticias en vez de emplearla para hacer pedagogía puede llevar a una empresa, a un gobierno e incluso a un país al desastre más absoluto.