02_2En 2001 la comunidad empresarial norteamericana y, enseguida, la occidental, quedó sobrecogida por las dimensiones colosales del llamado “caso Enron”. Una de las Compañías más poderosas de Estados Unidos –Enron– líder en el sector energético estaba sustentada en una contabilidad fraudulenta y constituía una estafa de enormes dimensiones. El escándalo se llevó por delante a la consultora y auditora Arthur Andersen que no había detectado las falsedades contables ni advertido sobre prácticas delictivas y/o impropias. Las acciones de Enron cayeron desde los 90 dólares a los 0,30, y sobrevino una sonora bancarrota. Las consecuencias de aquella sísmica convulsión fueron de gran alcance pero, sociológicamente, la más dañina de todas ellas consistió en la aparición casi inmediata en la opinión pública de un acendrado recelo hacia las grandes corporaciones que derivó en abierta desconfianza.

Para evitar casos similares y, sobre todo, para restaurar la fiabilidad de las empresas en la conciencia colectiva de los norteamericanos, se dictó la Sarbanes-Oxley Act of 2002, también conocida como el Acta de Reforma de la Contabilidad Pública de Empresas y Protección al Inversionista. La norma establece requerimientos muy exigentes a las Compañías para garantizar su solvencia y transparencia, tras la detección por los ponentes de la ley, el senador demócrata Paul Sarbanes y el congresista republicano Michael G. Oxley, de peligrosas lagunas y carencias en la regulación general mercantil. El propósito confesado de la ley, entre otros, estribaba en devolver a las grandes empresas la confianza perdida de la sociedad para lo cual se establecieron medidas de estricto control contable y criterios de buen gobierno corporativo. Esta ley se consideró en su momento como estratégica en la legislación norteamericana porque consiguió, además de regular la actividad interna de la corporaciones, hacerlas fiables ante los inversores y la opinión pública.

El nuevo humanismo empresarial no supone un regreso al paternalismo, sino a la responsabilidad y a la solidaridad, al entendimiento de la empresa como un proyecto poliédrico

La recesión económica, con su cortejo de insolvencias, concursos, quiebras y bancarrotas, en particular en el sector financiero, ha vuelto a inocular en la opinión pública una ya arraigada desconfianza hacia la buena conducción de las empresas, acerca de su capacidad de compromiso con los intereses generales, sobre la abusiva prevalencia de los factores económicos frente a los de índole no siempre material y en torno a las gestiones profesionales de los más importantes gestores. Los despidos masivos, la mora en los pagos y las presiones de las corporaciones sobre los Gobiernos para hacer valer sus intereses han perfilado al sector de las grandes compañías de manera muy negativa. Contravalores como el egoísmo, la insolidaridad y el enriquecimiento avaricioso han quedado demasiadas veces asociados a la trayectoria de las grandes multinacionales. La crisis de confianza hacia las empresas se ha instalado en la sociedad minando su reputación y, tomando la parte por el todo, ha dictado un veredicto injustamente generalizador que sitúa a las grandes corporaciones más allá de los intereses de la comunidad social y política.

La confianza ya no puede restaurarse con normas, aunque las leyes sigan siendo un instrumento de control que establece certidumbres en los inversores y en los ciudadanos en general, sino con comportamientos que transmitan valores positivos desde la empresa a la sociedad. Es necesario que los estamentos empresariales comuniquen por las distintas vías de conexión social –ampliadas ahora gracias a las redes sociales– dos nuevos mensajes. El primero, sin duda, es que los dirigentes empresariales han tomado nota del mensaje colectivo que les reprocha supuestas o verdaderas insolidaridades. El segundo, que avanzan en la adaptación a una nueva ética de los negocios basada en la humanización.

Contravalores como el egoísmo, la insolidaridad y el enriquecimiento avaricioso han quedado demasiadas veces asociados a la trayectoria de las grandes multinacionales. Por eso es necesario romper la inercia actual

02El documento de julio de este año de la escuela de negocios IESE elaborado por los profesores Rafael Andreu y Josep M. Rosanas bajo el título de “Manifiesto para un management mejor. Un visión racional y humanista”, es de un enorme valor ético y académico, además de práctico, para remozar viejos sistemas de gestión que, en muchos casos, han hecho detestable a sectores sociales la actividad de las grandes empresas. Los profesores Andreu y Rosanas trascienden a cualquier buenismo voluntarista para plantear criterios operativos de naturaleza moral. Así sostienen que “la empresa debe ser entendida como una comunidad formada por personas antes que una máquina de ganar dinero”, y también que “hay que alejarse del concepto mecánico e instrumental del ser humano. El mejor activo de la empresa son los trabajadores y hay que invertir en ellos”. Los docentes reivindican la vigencia de valores tan elementales como el de la sensatez en la gestión (“imprescindible” dicen) y la humildad (“no creer que los directivos son omniscientes”) y preconizan empresas con “personas proactivas que vayan más allá de su propio interés” describiendo como motores de las compañías tanto los “extrínsecos (dinero)” como los “intrínsecos (satisfacción con el propio trabajo)”.
Esta humanización del ámbito de la empresa no puede consistir en una representación farisaica de simulación, sino en una profunda convicción de que una perversa inercia hacia prácticas de gestión ferozmente competitivas, exentas de emocionalidad hasta los límites de lo mecánico, obsesionadas con la ganancia inmediata, desproporcionada y codiciosa y desposeídas de esa sensatez y humildad a las que se referían los profesores Andreu y Rosanas, conduce a una colisión frontal con una sociedad que soporta de manera estoica el azote de una crisis sin precedentes. Los factores sentimentales –humanamente sentimentales– generan una empatía muy profunda en la opinión pública cuando aparecen con veracidad en el ámbito empresarial.

Jobs se encarnó en un hombre enfermo y, sin dramatismo, se acercó a la sociedad que a través de sus atalayas de expresión aplaudió a uno de los gigantes empresariales de nuestro tiempo. La empresa necesita emocionalidad

En agosto pasado hemos vivido un emotivo y conmovedor episodio con la renuncia de Steve Jobs a sus poderes ejecutivos en Apple, rendido por su gravísima enfermedad. Cuando Jobs, demacrado y agotado, compareció para dar su adiós y dejar la compañía en manos de Tim Cook, la opinión pública localizó de inmediato un referente empresarial que, al hilo de una trayectoria personal de esfuerzo y creatividad, había logrado un éxito de proporciones planetarias pero que se mostraba al mundo en la más radical humanidad al reconocer su incapacidad sobrevenida y asumirla con una naturalidad alejada de dramatismo. Jobs se encarnó entonces en un hombre; aquello que iguala –la morbilidad de los seres humanos– le acercó a la sociedad que a través de sus atalayas de expresión –medios de comunicación, redes sociales– aplaudió a uno de los gigantes empresariales de nuestro tiempo.

La reputación de las empresas no puede, en consecuencia, fiarse sólo a la garantía de que su funcionamiento se ajuste a las leyes y convenciones mercantiles; tampoco son ya bastantes las rutinarias acciones de responsabilidad social corporativa (aunque sigan siendo necesarias). Ahora se requieren nuevas actitudes que desemboquen en comportamientos y decisiones distintas a las que han granjeado amplias aversiones a las empresas y los empresarios. El nuevo humanismo empresarial no supone un regreso al paternalismo, sino a la responsabilidad y a la solidaridad, al entendimiento de la empresa como un proyecto poliédrico en el que la persona se constituye en el elemento esencial. Este es el reto, el desafío, el new deal, que tiene que concluirse entre la empresa y la sociedad, que han de interactuar mediante sistemas de comunicación globales.