02_2

Con la Red hemos entrado en una nueva era, en una época histórica tan profunda y con una significación tan definida como la que se atribuye a la del Renacimiento. Las eras definitivas en el devenir de los humanos son aquellas en las que se produce una revolución de carácter cultural con subsiguiente acceso generalizado al conocimiento. La cultura digital, aquella que se obtiene a través de la Red, al mismo tiempo que se crea y recrea en ella sin solución de continuidad, marca un antes y un después en la contemporaneidad, abriendo una enorme y quizás insoslayable brecha entre aquellos que son hijos de esta nueva revolución –los humanos en países desarrollados por debajo de los treinta y cinco años– y aquellos otros que acceden a ella desde el anterior ciclo analógico.

En definitiva: como se ha repetido hasta la saciedad, el mundo se divide hoy entre nativos e inmigrantes digitales. Pero este gap generacional no discrimina: la revolución digital afecta a los unos y a los otros sin distinción. La digresión sobre las transformaciones que propicia la Red podría ser inacabable, pero cabe subsumirla en cuatro grandes apartados en los que se resumen otros hasta alcanzar todos los sustanciales. El sistema relacional en la Red ha creado un auténtico paradigma en todos los sentidos.

Hoy el concepto de “amistad” es polisémico: lo mismo puede referirse al [email protected] de la infancia que al de Facebook

La Red ha alterado el sistema de relación de los humanos. Efectivamente, porque Internet se ha definido –creo que con propiedad– como una universal conversación basada en enlaces potencialmente infinitos de tal manera que las relaciones personales –siempre físicas, en otro tiempo epistolares, o fotográficas o telefónicas– se han convertido en virtuales porque no es necesaria la materialidad de un vínculo presencial, de una corporeidad, de una concreción sólida.

Hoy el concepto de “amistad” es polisémico: lo mismo puede referirse al [email protected] de la infancia que al de Facebook; a través de las redes sociales se puede establecer vinculaciones de trabajo –oferta y demanda–; son posibles las relaciones amorosas que pueden desembocar o no en una convivencia. Cabe, simplemente, la relación por la relación en sí misma, sin otro propósito que mantenerla.

La negación del llamado “derecho al olvido” en Internet es, seguramente, la discusión ética y jurídica más apasionante que pueda plantearse y, al tiempo, la más frustrante porque carece de solución, al menos de momento

Daniel Glattauer es un joven novelista austríaco que ha arrasado con una novela en dos entregas –“Contra el viento del Norte” y “La séptima ola”– en la que los protagonistas –dos perfectos desconocidos– interactúan a través de correos electrónicos. Todo el argumento de los dos libros se desarrolla en lenguaje propio de email, con la extensión del email y los tiempos del email. El público se ha sentido perfectamente cómodo en este nuevo formato literario que es el de nuestro tiempo: la relación en la Red, la conversación en la Red, el conocimiento de los otros a través de la Red. Aunque en el fondo el ser humano siga siendo el mismo: Glattauer nos demuestra en sus dos textos que el amor existe en los tiempos digitales como antes en los analógicos.

Pero lo esencial es que el sistema de relación, el modelo de conocimiento de los otros, el descubrimiento de los diferentes, la expansión de los círculos vitales que marcaban la vida (la familia, la escuela, el trabajo) y condicionaban la urdimbre de enlaces con los otros se ha ampliado de manera casi planetaria.

02Seguramente, este esquema de relación es menos comprometido, más epidérmico, pero, ¿puede negarse que sea revolucionario y que ha alterado las pautas educacionales de nuestros hijos y jóvenes y ha ofrecido a todos un nuevo horizonte de aproximación a los demás?

Los derechos individuales no resisten ya la presión de la Red. El segundo cambio esencial sobrevenido con la Red es el que afecta al contenido tradicional de los derechos individuales. La privacidad ha saltado por los aires porque, aun siendo éste patrimonio de todo ciudadano, la tecnología digital no conoce las barreras tradicionales y los legisladores no saben o no pueden restaurar el deterioro –tantas veces injusto– que la Red infiere a los derechos constitucionalizados.

Estar en la Red ha dejado de ser una opción; es una imposición y permanecer en ella podría convertirse en una auténtica condena. La negación del llamado “derecho al olvido” en Internet es, seguramente, la discusión ética y jurídica más apasionante que pueda plantearse y, al tiempo, la más frustrante porque carece de solución, al menos de momento.

Y si el derecho a la privacidad es fácilmente vulnerable en la Red –y su infracción no sancionable e irreversible– todos los demás derechos que hacen sinergia con él (honor, propia imagen) corren la misma suerte. La Red provoca, por eso, un desapoderamiento de facultades y pone en almoneda la carta de ciudadanía en el siglo XXI. Conectado con este decaimiento de los derechos convencionales del constitucionalismo del siglo pasado, se produce también la pelea agónica –en sentido literal y en su acepción terminal– respecto del principio de la propiedad intelectual y de los derechos que de ella derivan, asunto que por su extensión oceánica debería abordarse de manera exclusiva y profunda.

La Red puede ser –de hecho lo es– un vehículo diabólico que ha sofisticado las formas de ejecución delictivas más aviesas. A través de Internet se perpetran los peores delitos desde la pederastia al tráfico de drogas

El esfuerzo laboral y su prestación han variado con la Red. Trabajar aludía antes, entre otras evocaciones, a estar. Lo laboral se entendía en un sentido siempre presencial, o, a lo sumo, mediante contactos frecuentes de carácter personal. Sigue siendo así, pero no en todos los sectores ni del mismo modo. Internet permite el trabajo desde el más remoto lugar del planeta, en tiempo real, con una inmediatez, incluso, superior a la física. La agrupación de esfuerzos que exigían los trabajos en equipo derivaba de la necesidad de la comunicación. Lograda esta tecnológicamente –tanto escrita como visual– los protocolos laborales y su cortejo de connotaciones (productividad, esfuerzo, exactitud) han variado. Es el teletrabajo. O mejor aún: es el trabajo digital, a través de la Red, con similares o superiores garantías de confidencialidad y rapidez. También de productividad y de eficiencia. Hoy la informática es una herramienta insertada en el concepto laboral de manera natural. Y a partir de esa constatación toda una revolución –horaria, ahorradora en esfuerzos, conciliatoria con la vida personal y familiar– emerge con una fuerza colosal.

Lo peor y lo mejor es posible en la Red, desde el mayor altruismo a la peor delincuencia. No todo es progreso. La Red puede ser –de hecho lo es– un vehículo diabólico que ha sofisticado las formas de ejecución delictivas más aviesas. A través de Internet se perpetran los peores delitos contra la infancia (la pederastia), la trata de humanos (explotación mediante la prostitución), el tráfico de armas, la interconexión encriptada entre bandas terroristas, grandes estafas y fraudes, ventas de productos ilegales y, en particular, drogas prohibidas… una infinidad de manifestaciones delincuenciales que están parasitando la Red con grave riesgo para los colectivos más activos y versátiles en ella –niños y jóvenes– y máxima impotencia de los poderes públicos que ya han arbitrado secciones policiales digitales que han logrado ir descubriendo las sendas de los crímenes digitales utilizando el lado positivo de la tecnología para combatir el perverso.

Porque la Red, esa conversación planetaria que tiende a lo infinito, no deja de ser un instrumento humano en el que se resumen todas las grandezas y todas las miserias.