08_2Me entero del tsunami por mi hermano. Estamos de viaje. Mientras tomamos algo, se conecta a su Facebook en el móvil y lee una frase que le inquieta. Son las 12:30 de la tarde. La música llena el local. Compartimos la atmósfera de un aperitivo furtivo en un bar de Wall Street. Una amiga suya japonesa que vive en Edimburgo ha mencionado en su estatus que lamenta mucho la catástrofe en su país. Rápidamente, busco en mi celular noticias acerca de Japón. Nos quedamos de piedra. Los titulares, las cifras y las primeras imágenes que vemos nos sobrecogen. Y es entonces cuando reparamos en la televisión que hay sobre nuestras cabezas. Con el sonido desconectado, muestra sin parar vídeos de la enorme ola invadiéndolo todo. Las noticias no hablan de otra cosa.

Nada responde mejor al concepto de rabiosa actualidad. 233 grados, el blog que habla acerca de la revolución en los medios, titulaba uno de sus posts “La catástrofe más retransmitida de la historia”. Y no se equivocaba. Algo parecido había tenido lugar en el Magreb apenas un mes antes. Podíamos haberlo señalado bajo el mismo epígrafe “La revolución más retransmitida de la historia”. Y, en ambos casos, los llamados medios sociales habrían puesto en evidencia un hecho coincidente: tanto el fenómeno natural como el social se habían producido ante la estupefacción de gobernantes, medios, analistas y el largo etcétera de expertos que acompañan nuestra conciencia.

La empresa observa esta imparable tendencia. La Red otorga voz a todo el que quiere decir algo. Si tiene credibilidad y audiencia para que su mensaje resulte efectivo, puede transformar las cosas

Ellos no estaban preparados, pero los ciudadanos sí. A pesar de ser escasos, los recursos de la población hicieron posible que asistiéramos a las manifestaciones en la plaza de Tahrir. La tecnología permitió que se siguieran las conversaciones que tenían lugar en Túnez, Egipto o Siria. Así, los periodistas pudieron conocer las primeras claves de cada conflicto, ilustrarlas y difundirlas por el mundo. Se trata de una simbiosis entre la sociedad y los medios que se ha venido dando desde que la comunicación pública existe y que ahora la Red multiplica de manera exponencial. No hay una realidad que discurre paralela en las redes sociales. Forman parte de nuestro día a día.

La empresa hace tiempo que observa esa imparable tendencia. La crisis que protagonizó BP en 2010 sirve a modo de ejemplo. A partir de la tragedia medioambiental, los medios de comunicación dieron a conocer el desastre. Las reacciones en la Red a esa información en la forma de comentarios, menciones y enlaces reclaman a los poderes públicos su actuación y los terminan por movilizar hasta que éstos imponen un grado de presión sobre la compañía inédito hasta la fecha.

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La Red otorga voz a todo el que quiere decir algo. Ya no es preciso que pase por el control de un número limitado de “líderes de opinión”. Eso sí, el que lo utiliza afronta un reto extraordinario: ganarse la credibilidad y la audiencia necesarias para que su mensaje resulte efectivo entre millones de usuarios y billones de contenidos. Si lo supera, entonces puede transformar el estatus quo de las cosas. Ahí es nada.

Desde el punto de vista del control, esto dificulta la gestión mucho. Y, quizás, desde esa perspectiva no sea posible llegar nunca a una solución. Necesitamos redefinir el problema. En un ecosistema en el que desde nuestros empleados hasta nuestros accionistas, pasando por nuestros proveedores, competidores o clientes pueden conversar sin límites entre ellos, la cuestión no es “controlar”. Resulta imposible. La cuestión es más bien “hacer lo correcto”.

La crisis económica de 2008, al igual que ocurrió con la situación provocada por el caso ENRON o la vivida por el estallido de la burbuja de las .com, devolvieron la reflexión al mismo punto. Debemos ser buenos, no basta con parecerlo. Los principios de la honestidad y la transparencia han vuelto a colocarse una y otra vez en el frontispicio de las empresas. La decisión puede adoptarse por ética o por estética.

Y menciono también la estética porque el grado de exposición que tenemos ante la opinión pública es cada vez mayor. Probablemente sin que las circunstancias tengan mucho que ver, cuando veo a Julian Assange no puedo remediar que me vengan a la cabeza las imágenes de Dustin Hoffman y Robert Redford en “Todos los Hombres del Presidente”. La idea tan bien plasmada sobre el cuarto poder en acción me lleva a pensar en si lo ocurrido en Japón o en el Golfo de México muestra la existencia de un quinto.

Desde luego ahora no es que haya más gente observándonos. Es que hay más gente interactuando con nosotros. Y eso no ofrece lugar a la inacción. Tampoco a la obsesión por ocultarnos o exhibirnos. Las empresas e instituciones lo están entendiendo: Internet no es un canal de comunicación; es una vía de relacionamiento con todos aquellos que nos rodean. Hablamos pero también hacemos, servimos, vendemos y respondemos. Cada interacción cuenta. Suma en la mente de nuestros públicos e influye en nuestra reputación.

Debemos ser buenos y no, parecerlo. La honestidad y la transparencia se han convertido en la prioridad número uno de las empresas y sus líderes

El acceso móvil a Internet está acelerando esto en todos los ámbitos. Por ejemplo, está transformando los hábitos en dos grupos sociales muy diferentes. Por un lado, las clases más populares disponen ahora de la opción de conectarse porque tienen un teléfono móvil que les permite hacerlo. Y lo están usando de forma masiva. Por otro, los que habitualmente se consideran clases dirigentes, políticos y empresarios –algunos de los cuales veían Internet como un tren al que ya no se subirían–, se están sumando a la rutina diaria de la Red con la llegada de tablets y touch phones.

Así que “no hay excusas”. Es cierto que nadie tiene derecho a robar los contenidos de tus conversaciones privadas con tu equipo. Y también es cierto que la mejor forma de evitar que su posterior difusión tenga algún impacto sobre ti es que no contengan mensajes inapropiados. Es un asunto relacionado con nuestra cultura, con la de las organizaciones a las que pertenecemos y que gestionamos. La filosofía “2.0”, término manido que se resiste a pasar de moda con inusitada eficacia, plantea un modelo cultural adaptado a nuestros tiempos. Es un sistema coherente con el grado de exposición pública al que nos enfrentamos. Nos ayuda a “comportarnos mejor” y también a “relacionarnos mejor”.

La filosofía “2.0” es coherente con la exposición pública a la que nos enfrentamos. Ayuda a “comportarnos” y a “relacionarnos”. Emprendedores y compañías apuestan por ella para optimizar su gestión

Emprendedores y grandes corporaciones a lo largo del planeta apuestan por esta filosofía para optimizar su gestión. Estamos en pleno proceso de adopción de Internet como una competencia inherente a cada organización y cada profesional. Y esto coincide con la primera vez en la que aciertan los cientos de vaticinios que se han venido haciendo desde 1995. Ahora sí, parece que Internet demuestra su capacidad de transformar la realidad. Su impacto geopolítico a través del comportamiento de las nuevas generaciones de líderes en el Norte de África y en Oriente Medio está siendo decisivo en el tablero de juego internacional.

Es una punta más del iceberg, otra llamada de atención. Mientras, el cambio sucede más abajo, en las profundidades. Es el que nos lleva a que mi hermano se mantenga al habla con su amiga japonesa, a que nos enteremos de un tsunami por Facebook o a que contemplemos horrorizados decenas de vídeos que muestran la tragedia en tiempo real, todo, sin que nos preguntemos ya, porque importa bien poco, qué es lo que lo hace posible.