04_2Los acontecimientos de este año en los países árabes tendrán profundas consecuencias. Las revueltas han liquidado ya a los regímenes de Túnez y Egipto, dos de las dictaduras más “blandas”. El duro régimen de Gadafi ha sido dinamitado a medias, lo que ha desencadenado una intervención occidental –bajo el paraguas de la ONU– que habrá que seguir. Están en jaque los regímenes de Bahrein, Yemen y Siria, y las protestas alcanzan también a otros países aunque, por el momento, con menor intensidad.

La primera incógnita es saber en qué desembocarán estas revueltas que piden más libertad y que en Europa son vistas con simpatía. Pueden acabar en regímenes más democráticos que tiendan a consolidarse, que sería lo ideal, pero no es seguro. O en sistemas estables pero poco democráticos, lo que como mínimo evitaría el desorden y el alza de los precios del petróleo. O, por el contrario, todo puede llevar a un escenario más complicado y peligroso. Como la irrupción de regímenes islamistas que buscarían afianzarse en el verbalismo antieuropeo. El otro –no incompatible con el anterior– sería una fase algo larga de inestabilidad que dispararía el precio del petróleo y agravaría los problemas de inmigración –y de cohesión– de la UE ante unos vecinos menos previsibles. Ahí está la crisis provocada por la llegada de unos 24.000 tunecinos a la isla italiana de Lampedusa.

El aumento del precio del pan, la falta de legitimidad de los regímenes y la “caída de la venda” son las tres causas principales de la extensión de las protestas

Y parte de lo que vaya a pasar en estos países dependerá de la actitud del primer mundo. La intervención en Libia indica que Occidente es consciente de la importancia de encauzar las revueltas contra la tiranía. Pero deja entrever también sus muy grandes limitaciones. Es difícil –por la actitud de China, Rusia y muchos países árabes en la ONU– que la intervención aliada sea demasiado intensa. Además Estados Unidos participa pero –escamado por las guerras de Afganistán e Irak y las dificultades de Obama– aspira a poco protagonismo. Y Alemania vuelve a demostrar que es un gigante económico pero que no lidera políticamente a Europa. Así el mayor peso recae sobre los gobiernos de París y Londres. Es un esquema imperfecto, contradictorio. Pero es el que hay. Europa y Estados Unidos intentarán consolidar regímenes abiertos pero su papel no será decisivo. Lo que suceda con la revolución democrática árabe de 2011 dependerá en primer lugar de los pueblos y las elites de esos países. Por eso es necesario analizar las causas de la revuelta.

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La primera es económica. El precario orden sociopolítico ha sido alterado por el brusco aumento del precio de las materias primas. Cuando en países pobres sube el precio del pan se tambalean los cimientos. Ahí está una causa esencial de las revueltas. Y la única solución –el desarrollo– pasa por unos regímenes que lo sepan impulsar. “Pacificar” con aumentos nominales de salarios, o con la contención artificial del precio de los alimentos, es quizás necesario a corto pero no arregla nada a largo.

La segunda causa es la escasa legitimidad de esos regímenes. Su legitimidad viene de la ya lejana rebelión anticolonial. Mubarak, por ejemplo, era heredero del plante del coronel Nasser ante las potencias coloniales (Francia e Inglaterra) en 1956. Y esta legitimidad antigua se compadece mal con una población muy joven –muchas veces menor de 30 años– que ha visto además como retrocedía, por la crisis, la válvula de escape de la emigración. La legitimidad ante los jóvenes sólo puede tener dos fuentes. O la democrática, a través del voto, o la religiosa-nacionalista, a través de “la comunión” con un ideario condenado a descarrilar.

La tercera causa es la caída de la venda. Estos regímenes gastados –corruptos– fueron ya muy cuestionados por el fundamentalismo. Luego todo ha sido zarandeado por la caída de la venda, por la revolución de la información. La existencia, pese a sus contradicciones, de una cadena televisiva como Al Yazira (en Qatar) ha elevado el nivel de conocimiento de las masas árabes sobre lo que pasa en el mundo. Diez años después de los atentados del 11-S de 2001 el nivel de vida de esos países no ha mejorado. Y la revolución de las nuevas tecnologías (Internet) y las nuevas redes sociales (Facebook, Twitter…) hacen que las noticias circulen rápidamente y sin censura. Que sea normal no comulgar con la mentira de Estado (o religiosa). Por eso la exigencia de libertad y de mejores condiciones de vida.

La revolución tecnológica (Internet) y las redes sociales (Facebook, Twitter) hacen que las noticias circulen rápidamente y sin censura. Que sea normal no comulgar con la mentira de Estado (o religiosa)

Estos tres factores dificultan la consolidación de sistemas no legitimados por la democracia y el mayor bienestar. No son asignaturas fáciles en países sin tradición liberal. Es necesario un gran compromiso de Occidente. Y el gran error sería fallar. Si la democracia y el desarrollo no se imponen en la orilla sur del Mediterráneo quizás la única fuente de legitimidad sea el fanatismo religioso. La dictadura y la represión policial cuentan cada vez menos ante la revolución de la información y de las nuevas tecnologías.