03_2Un secreto que muy pocos periodistas se atreven a contar. La portada de los periódicos ha dejado de ser tan importante. El punto de vista editorial que marque una cabecera ya no es tan relevante y, por resumir, los periodistas y el fruto de nuestro trabajo ya no es tan decisivo porque hemos perdido un monopolio: el de marcar la agenda y explicar la realidad.

Las redes sociales son los nuevos filtros de la información. No han desplazado a los periodistas, ni lo harán, pero sí les han restado una parte de su poder

El lema de New York Times define el viejo mundo: “All the news that’s fit to print” (todas las noticias que merecen ser publicadas). Los diarios se configuran seleccionando la información, no dándola toda. Y es esa selección de las noticias que merecen ser publicadas el primer filtro que modela a la opinión pública, a partir de la información y la opinión publicada.

El humorista Seinfeld convirtió ese lema de la vieja dama gris en un acertado chiste, dentro de uno de sus monólogos: “¿Os habéis dado cuenta de que todos los días en el mundo suceden las noticias justas para llenar un ejemplar del New York Times, ni una más, ni una menos?” Ese mundo ya ha cambiado. Ya no hay lectores de un único diario –en Internet, la norma es la infidelidad de cabeceras–. Y cada día, las webs, los blogs, las redes sociales, los foros, los boletines de noticias, y quién sabe qué vendrá después, publican muchísimas más noticias de las que caben en ningún New York Times, ni siquiera en su contundente edición dominical. Más trascendente aún: la selección entre lo que es importante y lo que no lo es ya no la hacen los directores de los periódicos. O al menos ya no la hacen ellos solos en exclusiva. Ahora es tu amigo de la infancia, tu vecino, tu primo o tu compañero de trabajo el que te dice cuáles son las noticias que merecen no ya ser publicadas, sino ser leídas.

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Este secreto hace meses que corre a voces por todas las redacciones. No es un rumor por confirmar: es una evidencia que demuestran las precisas estadísticas de visitas de las ediciones digitales de los diarios. Cada día es mayor el porcentaje de lectores que llega directamente a las noticias a través de las redes sociales, sin pasar por las portadas de las webs. Y en las redes sociales, son tus contactos –al pinchar en el botón de “me gusta” o al “tuitear” una noticia– los que jerarquizan la información. Gran parte de los nuevos lectores, los que se impondrán a la larga porque son los más jóvenes, se fían más de la noticia que le recomienda su primo que de la noticia que seleccione para su portada la directora del New York Times.

Las redes sociales son los nuevos filtros de la información. No han desplazado a los periodistas, ni lo harán, pero sí les han restado parte de su poder. Han roto el monopolio. Son ellos, los que deciden –de forma anárquica, como un cerebro colectivo– cuáles son, cada día, las noticias que merecen ser leídas de entre las casi infinitas noticias que son publicadas.

Es en este nuevo mundo, donde la información ya no sólo fluye de arriba hacia abajo, el que en gran parte explica la plaza de Tahrir, en Egipto, o la acampada de Sol, en Madrid. La gran recesión es muy distinta de la gran depresión por muchos motivos. Pero uno de los más importantes es cómo circula la información, que ha dejado de ser un monopolio en manos de las empresas de medios y de sus apoyos económicos. Eso explica, por ejemplo, que el nivel de respaldo de la sociedad española al movimiento del 15-M se mantenga casi intacto, a pesar de una durísima campaña en su contra por parte de un amplio sector de los medios de comunicación. Según una encuesta en El País, a principios de junio el 66% de los españoles respaldaba a los indignados y un 81% consideraba que tenían razón en sus protestas. Casi un mes después, el porcentaje de apoyo se mantuvo en un 64% y un 79% les seguía dando la razón.

Sin transparencia, las democracias pueden sufrir daños irreparables en su credibilidad social ante una gran recesión económica que también es una gran crisis de confianza en las instituciones

Los indignados, como el resto de la sociedad, también leen prensa y escuchan la radio y se sientan delante de la televisión. Pero además de este menú, ahora se nutren de la Red, que ya es para muchos la primera fuente de información. ¿Cómo comunicar con ese mundo aparentemente anárquico? ¿Cómo pueden los Gobiernos, tan cuestionados por el desgaste de la crisis económica, transmitir sus mensajes a esta difusa nube de redes sociales cuando ya no valen como principales herramientas las ruedas de prensa sin preguntas, las filtraciones off the record o las relaciones públicas? Ante la democracia de Internet –que rompe con la anterior oligarquía de la información–, la única respuesta es la democracia de la información: más transparencia.

Hay quien dice que las políticas de transparencia son hoy un lujo, porque es caro implementar los procedimientos para que la Administración ponga toda su información al alcance de los ciudadanos. Se equivocan. La transparencia hoy no es un lujo sino una necesidad. Sin ella será muy difícil que las democracias no sufran daños de credibilidad irreparables ante una gran recesión económica que se ha convertido ya en una gran crisis de confianza en las instituciones.