08_2Es curiosa la relación entre la crisis económica y los medios de comunicación de la Argentina. Es curiosa porque, esta vez, la Gran Depresión global nos toma a contramano. El peor momento argentino de los últimos años tuvo su pico angustioso hace una década, en 2001, cuando el mundo desarrollado vivía todavía la euforia del final del siglo pasado. Nosotros padecíamos el crack financiero; el default de los bonos argentinos que destruían la imagen externa del país; las revueltas sociales; los heridos, los muertos y el eco de las multitudes gritando “que se vayan todos” a la dirigencia política que no sabía cómo encarrillar tantas desgracias juntas.

Esa era la Argentina contra las cuerdas por nuestros propios errores y por los peores términos del intercambio comercial de las últimas décadas. Cinco presidentes en una semana; devaluación salvaje “a la argentina” y suba incontenible de la pobreza y del desempleo. De todo eso fue saliendo el país en los años siguientes corrigiendo los errores dirigenciales y aprovechando el nuevo contexto internacional, que elevó sustancialmente el precio de los productos que podíamos exportar para otorgarnos una plataforma básica de autofinanciamiento indispensable en esta etapa de despegue económico que va a completar ocho años de crecimiento de los últimos nueve transcurridos entre 2002 y este 2011 de renovación presidencial.

La Gran Depresión que comenzó en los Estados Unidos a fines de 2008 con la crisis del sistema hipotecario de la gran potencia global, y que se expandió a velocidad del rayo por todo el planeta, hizo retroceder a la Argentina y revertir la curva de crecimiento que venía disfrutando nuestra economía pero no logró detener el proceso. Como Brasil, como Chile o como México, 2009 fue un año de congelamiento económico que nos preocupó pero que suavizó su caída en los últimos meses para volver a la senda del crecimiento en 2010, tendencia que se está repitiendo a lo largo de este año.

Mientras EE.UU. busca ponerle un piso firme a su crisis y poder resurgir con mayor vigor; mientras Europa intenta determinar si España será su próximo dolor de cabeza después de las caídas de Irlanda, Portugal y Grecia, la Argentina disfruta –como buena parte de la región– de un período de crecimiento sostenido por el buen precio de los granos y exportaciones de alimentos, de automóviles y de otros productos en los que tenemos ventaja competitiva.

El 2009 fue un año de congelamiento económico que nos preocupó pero que suavizó su caída en los últimos meses para volver a la senda del crecimiento en 2010, tendencia que se está repitiendo a lo largo de este año

Alguien podrá decir entonces: ¿De qué nos quejamos? ¿Cuál es la preocupación de la prensa si el panorama es tan alentador para la Argentina? De hecho, el Gobierno actual que en estos años ejerce Cristina Fernández de Kirchner advierte en forma permanente a los periodistas, a los que acusa de alarmar a la sociedad señalando aspectos negativos de la gestión económica del país, o de aspectos que perjudican la situación económica como los hechos de corrupción o los casos de degradación institucional.

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Aunque la dirigencia política no lo entiende, la del Gobierno actual y la de muchos integrantes de la oposición, los periodistas tenemos el deber profesional de señalar siempre los flancos débiles de los procesos políticos y económicos. Para que los propios funcionarios hagan las correcciones necesarias o para que los ciudadanos estén alertas para el reclamo.

En la Argentina del crecimiento de ocho años sobre los últimos nueve la inflación ha ido aumentando hasta hacerse insoportable para la sociedad. Y el Gobierno no ha tenido mejor idea que manipular los índices de precios para transmitir la sensación de que la suba del costo de vida es la mitad un tercio de la inflación real. Tampoco ha cedido la pobreza a pesar de los ingresos públicos crecientes y la inseguridad urbana crece exponencialmente en un cóctel verdaderamente explosivo con la proliferación del narcotráfico.

El periodismo ha señalado estas debilidades del modelo socioeconómico y por toda respuesta, el Gobierno ha reaccionado acusando a la prensa de servir a intereses empresarios oscuros; de ocultar propósitos ideológicos y hasta de albergar intenciones “destituyentes”, un neologismo acuñado por los falsos intelectuales que en lugar de cultivar el espíritu crítico se mueven al abrigo del poder y los subsidios estatales con laxos controles del Estado.

Para garantizarse el respaldo en la ofensiva contra la prensa crítica, el Gobierno ha impulsado la creación de medios de comunicación afines políticamente a los que beneficia con fondos públicos para darles sustento financiero. Desde esos medios, periodistas que simpatizan con el oficialismo (algunos desde la honestidad intelectual y otros desde el interés personal) se dedican a atacar sistemáticamente al resto de los profesionales. El objetivo oficialista es destruir la credibilidad de los medios de comunicación independientes y de sus periodistas para restarle credibilidad a las revelaciones sobre los aspectos negativos de la marcha de la economía argentina.

Aunque la dirigencia política no lo entiende, la del Gobierno actual y la de muchos integrantes de la oposición, los periodistas tenemos el deber profesional de señalar siempre los flancos débiles
de los procesos políticos y económicos

En este contexto de confrontación, en el que el Gobierno desperdicia mayor cantidad de tiempo y de dinero de los contribuyentes en atacar a la prensa que en debatir con la dirigencia opositora, se celebrarán en octubre próximo las elecciones presidenciales. La Presidenta irá por su reelección y varios candidatos intentarán derrotarla para imponer cambios en el modelo político y económico. Lejos de la Gran Depresión global pero con la inflación y el freno de las inversiones como grandes riesgos para la continuidad del crecimiento económico, es necesario que los medios de comunicación y los periodistas sigan ejerciendo el derecho a la información responsable y certera.

Sólo así, la sociedad podrá permanecer alerta y reclamar a sus dirigentes las correcciones necesarias para que la Argentina, como otros países de la región, cumpla con el sueño nunca cumplido de las etapas de crecimiento. La reducción de la pobreza, el desempleo y la inseguridad; la consolidación del Estado como gendarme ante la corrupción y el abuso, y como impulsor del desarrollo económico en armonía con las empresas privadas. Sin dirigentes con proyecto de Nación y sin periodistas que señalen sus aciertos y sus errores, no habrá un país viable en este hemisferio tantas veces olvidado por el mundo de los poderosos.