05_2Wikileaks ha demostrado con el “cablegate” que Internet no supone el fin del periodismo sino su resurgimiento. Su fundador, Julian Assange, ha puesto en evidencia que no hay rivalidad entre los medios convencionales y los digitales. Más allá de la diferencia de formatos y de los intereses de unos y otros, se complementan y deben trabajar juntos. Precisamente este potencial es el que asusta a quienes temen la libertad de prensa, porque la combinación de ambos es un contrapoder de una fuerza incalculable.

Los medios convencionales tienen el prestigio y la credibilidad ganada con la experiencia de muchos años informando de asuntos poco gratos que los han convertido en el ariete contra el poder establecido. El caso más emblemático fue el escándalo Watergate sobre el espionaje en la sede del partido demócrata. Hubo una filtración de una fuente que se hizo llamar deep throat (garganta profunda), dos periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, y un periódico The Washington Post. Hizo caer al presidente de los Estados Unidos, el republicano Richard Nixon. La mala conciencia de una de las personas que sabía lo que pasaba y consideraba que sus superiores estaban abusando del poder permitió a la opinión pública conocerlo.

La red puso de manifiesto que los periodistas no solo contaban las noticias, sino que les daban credibilidad mediante su nombre y el aval del periódico

Treinta y un años después el presidente de los Estados Unidos, el también republicano George Bush, decidió invadir Irak sin la autorización de Naciones Unidas en busca de supuestas armas de destrucción masiva. Decretó un apagón informativo para evitar que le sucediera lo mismo que en la guerra de Vietnam, donde la opinión pública norteamericana obligó al gobierno a poner fin a la contienda. Igual que en todas las guerras “la verdad fue la primera víctima”. Pero Bush no pudo dominar la mala conciencia de los miles de soldados que participaron y estaban convencidos de que la opinión pública debía saber qué estaba pasando. Armados con las cámaras de sus teléfonos móviles se convirtieron en “fuentes anónimas” al colgar en la Red 400.000 documentos originales denunciando todo tipo de tropelías. Esos informadores habrían sido las fuentes tradicionales que siempre hemos tenido los periodistas, pero en aquella ocasión inundaron espontáneamente la Red y llegaron a todo el mundo. Su fuerza fue tremenda. Había otros antecedentes como los testimonios de los disidentes chinos tras la matanza de Tiananmen en 1989 o los 70.000 documentos originales de la guerra de Afganistán en 2001.

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Aquellos éxitos informativos se interpretaron como la muerte del periodismo, ya no hacía falta reporteros porque los ciudadanos les habían suplantado. Pero el propio anonimato de la Red acabó poniendo de manifiesto que los periodistas no solo contaban las noticias que les transmitían sus informantes, sino que además les daban credibilidad con su nombre y el de su periódico y, lo que es más importante aún, las analizaban, confirmaban e interpretaban. Su papel era triple: comunicador, notario y creador de opinión.

Para entonces los Gobiernos habían logrado un arma letal contra las informaciones que se publicaban en Internet: su desprestigio. Era cierto que en la Red estaba todo pero nadie garantizaba su veracidad. Mientras tanto, el periodismo en los medios convencionales se había domesticado y había aprendido a convivir con el poder económico y político. Ese adocenamiento era lo que de verdad había puesto en grave riesgo el periodismo y no la fuerza de la Red.

De ahí la genialidad de Julian Assange cuando en 2007 constituyó Wikileaks en Alemania como una organización sin ánimo de lucro que operaría desde Suecia. Cinco empleados, 800 colaboradores ocasionales, y miles de voluntarios por todo el mundo dispuestos a denunciar la corrupción, las torturas o las matanzas que se estaban produciendo en el mundo: periodistas, informáticos, tecnólogos, ingenieros, abogados, funcionarios, militares, policías, jueces… La conciencia volvía a ser el motor de una nueva revolución. Con un presupuesto de 300 millones de euros en donaciones voluntarias, la función de Wikileaks era sencillamente poner a disposición de los informantes una especie de “buzón electrónico” donde se depositaban las denuncias. Éstas eran escrupulosamente contrastadas después para comprobar su autenticidad antes de colgarlas en la Red. La lucha por la veracidad y el prestigio fueron las claves, igual que en el periodismo convencional.

El trabajo de los periodistas fue examinar, clasificar y, sobre todo, interpretar de la mano de sus más veteranos profesionales la información de Wikileaks

Por eso cuando a Wikileaks llegaron los cables cifrados de la diplomacia norteamericana, Assange fue consciente de que el reto le superaba y tuvo la audaz estrategia de coordinar los medios tradicionales y sociales. Se puso en contacto con los editores de The New York Times, Le Monde, The Guardian, El País y con la revista Der Spiegel. Ahí empezó el trabajo de los periodistas: examinar, clasificar y, sobre todo, interpretar de la mano de sus más veteranos periodistas la información que le proporcionó Wikileaks. Es el mismo proceso que los diamantes, unos traen la materia prima y otros la tallan.